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En Argentina –en especial en Capital Federal- la fiesta de los residentes bolivianos, cada año más masiva, choca con la resistencia de los porteños. En el cementerio de Flores, donde están enterrados los muertos de más de una generación de inmigrantes, las escenas que se viven año a año son de racismo puro: desde gritos e insultos hasta amenazas de terminar la fiesta con intervención de policial. Recién este año, luego de arduas gestiones de representantes de la comunidad, se le puso un freno a los intentos por secuestrar las bebidas y comida que se llevan al cementerio. El ritual, que termina de estallar casi al mismo tiempo en el que cierran las puertas del cementerio, esta vez fue visto con ojos recelosos pero distantes por la seguridad y los habituales usuarios del camposanto. |